Desde hace mucho tiempo, yo siempre había pensado en la sensación de tener en mi cuerpo, y en alguna parte íntima, algún anillamiento. Había visitado páginas de Internet, y me sentía muy excitado viendo a personas con piercing en sus pechos y zonas genitales.
At A Glance Author basili Contact basili@bme.anon When Three months ago Studio Tattoo Alice (Granada, Spain) Location Granada, Spain Poco a poco, esto se ha ido haciendo algo más intenso. De la curisidad, vino el deseo y la necesidad. Necesitaba saber que se siente con un piercing en mi pene. Era algo fuerte, lo sé pero necesitaba experimentar, sentir en mi cuerpo nuevas sensaciones. Con 44 años, una persona necesita saber que su cuerpo sigue vivo y que puede dar aún muchas sorpresas.
En la primavera pasada, armandome de valor, entré un día en un estudio de un tatuador de mi ciudad (es una capital de provincia), y le dije que quería hacerme algo. Es un estudio situado en una calle céntrica, y yo sabía por amigas que era un buen profesional, como artista y que hacía las cosas con higiene.
El me enseñó muchas de las posibilidades que había para hacer en las zonas íntimas. Yo conocía muchas de ellas por las revistas. Sin embargo, yo había pensado en un Principe Albert, que me daba mucho morbo cada vez que lo veía en una foto. Pero él me comentó que ese piercing tiene luego el problema de que la orina se sale con los lados, y entonces hay que orinar sentado. Yo había escuchado algo de eso. Me enseñó otros tipos, y me sugirió una pequeña barra atravesando parte de mi glande. Me dijo que este tipo de piercing no tenía problemas, podía quitarse si se quería, y además producía una buena estimulación cuandos se hacía el amor. Le dije que tenía que pensarlo, a pesar de todo. Yo seguía pensando en el Principe Alberto.
Durante semanas estuve pensando sobre los inconvenientes de este tipo de piercing, pero también con la excitación que me producía. Estaba en un conflicto. Por una parte, yo sabía que era mejor empezar por algo menos problemático, pero por otra parte pensaba en la excitación del Principe Albert.
Pero había otro problema más: mi esposa. Yo no sabía como ella iba a aceptar que yo me hiciera algo así, y también tenía miedo a comentarselo. Ella es una mujer muy tradicional. Aunque ella sabe, por algún comentario que yo había hecho, que los piercing me gustaba, ella nunca se imaginaría que yo quisiera hacerme uno, y menos en una zona íntima. En nuestros años de matrimonio (13), yo solo conseguí que ella se hiciera un segundo piercing en su oreja izquierda.
Finalmente, yo llegué a una conclusión : la vida se vive una vez, y uno tiene derecho a hacer con su cuerpo lo que quiera. ¿Porqué no iba yo a hacerme un piercing?. Si a ella no le gustaba, yo lo sentía por ella, pero no estaba dispuesto a negar mi deseo personal.
Yo pasé varios días diciendome "voy a hacerlo", "voy a hacerlo", hasta que me convencí de ello. Me imaginaba llevando un piercing, y las personas con las que me relaciono sin saberlo. Y ello acrecentaba mi excitación y mi deseo.
Así pues, me decidí y concerté una cita. Era el mes de Julio, y ya hacía calor. El sol y el calor siempre ha sido un estímulo para mí. El verano es una buena época para "cambiar".
Procuré ponerme pantalones que no apretaran mis zonas íntimas, pues no sabía si después habría algún problema con el roce. Salí con tiempo de mi casa, paré a toma un café, y me encaminé a la tienda. Llegué casi 25 minutos antes. El profesional estaba ocupado haciendo un tatuaje (yo lo escuchaba). Había una mujer esperando, mirando revistas, y otra que era la dependienta (que luego supe era la esposa del profesional). Le dije que tenía cita. Su brazo mostraba un tatuaje largo. Me entretuve mirando fotos de sus trabajos. ¡Había que tener valor para llevar algunos tatuajes que eran muy grandes y zonas visibles!. Una foto mostraba la chica del mostrador, con otro tatuaje en su pierna derecha. Miré en la dirección donde estaba, pero la falda impedía ver ese tatuaje.
Mi cabeza decía "vas a hacerlo, por fín", "no te eches para atrás". Tenía nervios, me sentaba, cogía una revista (Tattoo Bikers), me levantaba, miraba las fotos. De pronto salío el tatuador acompañado de un cliente. Me dio la sensación, por la manera de hablar, que ese cliente no era la primera vez que acudía al sitio. Era mi turno.
Una vez dentro de su estudio, me preguntó que había decidido. Le dije que un Principe Alberto. Muy bien, vamos a elegir el anillo. Uno delgado, con poco grosor.
Me senté, pirenas abiertas. El me contó el proceso, para que yo estuviera tranquilo. Dolería un poco, nada más.
Aunque temía el proceso por el dolor, también pensaba que el dolor era parte del asunto. Le dije que había decidido, a pesar de todo, hacer un Principe Alberto. Elegimos un anillo de poco grosor, y tras la desinfección, cerré los ojos. Sentí la aguja, dolor, pero también placer. Fue más rápido de lo que yo pensaba. Abrí los ojos, respiré hondo, y allí estaba el anillo. ¡Oh, fue impactante!.
Salí de la tienda. Me dí un paseo para tranquilizarme. Llgué a casa. Hasta que llegó la noche estuve nervioso. Mi mujer no sabía nada, y yo preferí no decir nada hasta que todo estuviera hecho (así yo evitaba que intentará que yo no lo hiciera). Cuando lo vió, se me quedó mirando y me dijo que como había podido hacer eso. Durante días estuvo enfadada conmigo, y me hablaba muy poco. A pesar de todo, no me arrepentía de haber hecho eso. Hablamos del asunto, por fín, y le hice ver que necesitaba llevar un piercing y saber su sensación. Como siempre pasa, en las cosas que no tienen vuelta hacia atrás en los matrimonios, ella fue aceptando poco a poco. Incluso dice que también le provoca una sensación especial cuando hacemos el amor, aunque es una sensación extraña, a la que no se acaba de acostumbrar.
Ahora yo estoy pensando en intentar convencer a ella para que también experimente algo con su cuerpo. Ya os informaré.